Disparatario de Edward Lear

Hasta que el surrealismo irrumpió voluntariamente en el reino del inconsciente, no abundaba la poesía que se autodenominaba «loca».

«Edward Lear, uno de los primeros escritores que tuvo como tema la pura fantasía, con países imaginarios y palabras inventadas que expresan una especie de locura graciosa», así lo describe Jorge Orwell en el epílogo de este libro.

La energía que impulsa los textos de este mentecato es, por supuesto, la comedia. Ese humor que, en Inglaterra, tradicionalmente atraviesa los disparates y el sinsentido, y que, tras Lear, también aprovechó Carroll, como una burla a la lógica. La técnica simple de Lear, la prolija y precisa declaración de tonterías, condujo al descubrimiento literario de la Quintilla cómica, una composición de cinco versos en la que el poeta desecha toda estética y todo convencionalismo. La Quintilla cómica se encuentra indisolublemente unida al dibujo adjunto. Al dignificar así el garabato, que gana categoría de arte, Lear inicia toda una escuela de dibujantes que han llegado hoy a su apogeo, sin conocer sus orígenes.

Aldous Huxley, elogiando las fantasías de Lear como una forma de declaración de libertad, señaló que el recurrente «ellos» en el Limeryck representa el sentido común, la legalidad y, en general, las virtudes más aburridas de los ciudadanos sobrios que visten bombines.

Edward Lear nació en 1812 en un suburbio de Londres y fue el vigésimo de una familia de veintiún hijos. A los siete años sufrió epilepsia, «el diablo» como él lo llamaba, y vivió bajo su sombra hasta su muerte en 1889. A los quince años comenzó a ganarse la vida dibujando. En 1835 fue contratado por la Sociedad Zoológica de Londres, donde ilustró varios libros sobre pájaros y otros animales. Pero su vida fue bastante agitada.

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